viernes, 14 de diciembre de 2012

CEA XX: Segundo premio de Relatos Cortos: María y sus puntitos


María y sus puntitos


Desde que ingresó en la residencia, María siempre llamó mi atención. A causa del  avanzado estado de su enfermedad de alzheimer nunca la escuché articular palabra, pero nos comunicábamos perfectamente a través de la mirada y el tacto. Su voz eran sus caricias en las palmas de mis manos. Según la suavidad o la intensidad con la que me agarraba sabía perfectamente cómo era su estado de ánimo.

Todas las tardes mis compañeras de trabajo acercaban a María a una mesa y le daban varios folios y pinturas. María sólo dibujaba puntitos, pero esa actividad la tranquilizaba mucho. Para ella era un ritual realizar aquellos dibujos cada día. Una tarde que tuvo que permanecer acostada por un resfriado, utilizó el yogur de la merienda para dibujar sus puntitos sobre la colcha de la cama.

Esa noche, cuando entré en su habitación, la observé una vez más. María dormía con la persiana levantada, tal y como nos había indicado su familia. Su mirada se encontraba fija en el vacío, pero ella estaba completamente relajada. Me acerqué a su cama y al verme, me cogió de la mano mientras me señalaba el cielo. Yo, como siempre, le contestaba: “Sí María, es precioso”. Y ella me respondía con una sonrisa. ¡Qué palabra más hermosa era su sonrisa!

Varias semanas después, mientras organizaba las tareas del día siguiente, hallé entre unos documentos destinados al reciclaje varios dibujos de María. Me fijé detenidamente en ellos tratando de averiguar si entre sus puntitos se escondía alguna figura, pero no encontré significado alguno entre las marcas esparcidas por los folios. Aún así, me enamoré del arte de María y, en vez de tirar sus dibujos, me los llevé a mi casa.

Coloqué los dibujos de María bajo el cristal de la mesa del salón, por lo que  los veía continuamente. Y sin saber por qué continué buscando el significado a esos puntitos. A veces creí reconocer un reloj de arena, otras, una corona, pero al final nunca comprendía el sentido de los dibujos.

Pero un día descubrí inesperadamente el misterio que guardaban los puntitos de María. Estaba tranquilamente desayunando a las tres de la tarde, tras una noche de trabajo, cuando en la televisión, situada justo en frente de la mesa de cristal, sintonicé un canal temático de documentales. Emitían un programa sobre astronomía en el que explicaban las constelaciones del cielo. En cuanto vi el “reloj de arena”, identifiqué esa figura como una de las que María había dibujado. Solo que no era un reloj de arena, sino la representación de la constelación de Orión. Y ahí estaban, tanto en el documental como en los dibujos de María, las constelaciones más importantes del cielo: Orión, Auriga, la Osa Mayor, Leo,…

Me sentí muy perpleja ante el descubrimiento. ¡María conocía las constelaciones del cielo! ¿Cómo podía una mujer con un alzheimer tan avanzado reconocer las estrellas del firmamento?

Ahora conocía el secreto de los puntitos de María: no eran manchas colocadas al azar en los folios, sino estrellas que brillaban tanto como ella.

Emocionada por mi descubrimiento decidí recorrer esa misma tarde las librerías de la ciudad en busca de un póster astronómico o de algún tipo de cuadro que pudiera colocar en la habitación de María y en el que aparecieran las constelaciones del cielo. Pero no fue fácil encontrarlo. Localicé una postal del tamaño folio en la que aparecía dibujada la Osa Mayor. María se pondría muy contenta con el regalo.

Esa noche, nada más entrar a trabajar me dirigí a la habitación de María para entregarle su constelación. Pero al abrir la puerta mi corazón dio un vuelco y me estremecí. María no estaba en su habitación. Y no, no se había ido con su familia, ni tampoco había sido ingresada en un hospital. Su cama estaba sin sábanas, lo que sólo podía significar una cosa: María había fallecido.

Me senté en el somier, levanté la persiana y contemplé las estrellas, tal y como lo habría hecho María. Nunca he entendido qué es lo que veía en los astros, pero debía de ser muy hermoso porque la hacía muy feliz.

María se ha ido, pero sus estrellas seguirán ahí incontables años. Y su recuerdo también.

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