martes, 2 de julio de 2013

Romería científica tras los pasos de Galileo

Tumba de Galileo, en Florencia. / JM Ray
Cuando se le pregunta a Ramón Núñez Centella si podría recomendar un lugar con sabor científico para visitar este verano, exclama: “¡Claro, hay muchos! Pero los que me han dejado una huella más intensa están en Italia”. El director del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) disfruta visitando los lugares clave de la vida de Galileo en Roma, Florencia y Pisa. Como él dice, le gusta practicar el ‘culto laico’.

“Cuando visité la basílica de Santa María sopra Minerva, en Roma, se me erizó el vello de los brazos al pensar que estaba pisando uno de los lugares donde Galileo Galilei hubo de abjurar ante el tribunal de la Inquisición”, confiesa Ramón Núñez Centella.

El director del MUNCYT confiesa su admiración por el astrónomo, filósofo, matemático y físico italiano, que abjuró en una de las salas de ese convento: “Galileo es mi científico favorito, eso sin contar que comparto con él aficiones placenteras, como el gusto por la música, la cocina y la comida”, asegura.



Ramón Núñez ha rastreado las huellas de Galileo Galilei (Pisa, 1564 – Florencia, 1642) en Roma y otras ciudades italianas. Es lo que él llama, bromeando, una romería científica. “Según Dante en Vita Nuova, los únicos peregrinos son los que van a Santiago, porque quienes van a Roma son romeros y los que van a Jerusalén, palmeros”.

Entre platos de pasta y pizza, le vienen a la cabeza otros recuerdos de este ‘culto laico’ que a él le gusta practicar, como visitar la tumba del mismo Galileo, en la iglesia de la Santa Croce de Florencia, “nada más entrar, a la izquierda”, detalla Núñez. “Allí están también enterrados otros ilustres, como Miguel Ángel, Maquiavelo y Rossini; es un panorama culturalmente completo y además, tiene unos frescos preciosos”, continúa.

Otro lugar de culto científico para este exprofesor y pionero de la divulgación en España es la tumba de Isaac Newton en la Abadía de Westminster, “en donde por cierto –en contra de lo que muchos piensan– no figura el famoso epitafio escrito por Alexander Pope [La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche; dijo Dios 'que sea Newton' y todo se hizo luz], porque no lo autorizaron”, aclara. Sobre los restos figura una losa con la descriptiva pero mucho menos poética inscripción Hic depositum est, quod mortale fuit Isaaci Newtoni (Aquí está depositado lo que tuvo de mortal Isaac Newton).

Volviendo a Galileo, la Toscana es la región donde Núñez encuentra más rincones en los que ‘honrar’ a su admirado científico, desde el baptisterio de Pisa, "que me recuerda la anécdota del péndulo", hasta las calles de Padua o el Museo de Historia de la Ciencia en Florencia, ahora denominado Museo Galileo.

“Muchas son las cosas que me fascinan de Galileo, como su enfoque de búsqueda experimental del conocimiento, su espíritu crítico para enfrentarse a la fe aristotélica, su curiosidad para apuntar su telescopio al cielo o para medir los espacios recorridos en tiempos iguales por una bola al caer por un plano inclinado. Su constancia para seguir mirando al cielo día tras día y ver el movimiento de los satélites de Júpiter, o su creatividad al diseñar experimentos y aparatos”, enfatiza.

Pero sobre todo lo que le encanta es su humanidad: “Sabía que la ciencia no necesita mártires, que las afirmaciones científicas se verifican o falsean con el tiempo. Por eso lo que tenía sentido era abjurar, y poder seguir viviendo, pensando y escribiendo. Era muy pragmático y rebelde. Se dice de él que cuando era profesor de matemáticas en Pisa, una de las razones que esgrimía para negarse a usar la toga era que con esa vestimenta no se podía acudir a un prostíbulo, pues se atentaba contra la dignidad del traje de profesor”.

Arrodillado donde abjuró el maestro

Cuenta el director del MUNCYT que cuando acudió hace cuatro años a la basílica de Roma –que se supone construida sobre un templo de Minerva– sintió la necesidad de arrodillarse. “Recordé el texto que Galileo tuvo que leer ante el tribunal de la Inquisición, que comenzaba así: ‘Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, comparecido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales […]’, y finaliza: ‘Como prueba de verdad he escrito con mi propia mano la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva este 22 de junio de 1633’”.

Esa abjuración es uno de los documentos que más ha influido en su educación científica y recuerda que lo leyó por primera vez en el libro Biografía de la Física, de George Gamow. “Es impresionante”, expresa.

Finalmente, lo que a Núñez le gustaría elaborar son guías turísticas en clave científica, que dijesen dónde nacieron o están enterrados científicos ilustres, o inventores, dónde hay antiguas fábricas, o sus restos; instalaciones singulares de la tecnología, o de los árboles más destacados. “Frente a la divulgación artística, musical o literaria todavía nos queda mucho por hacer. Londres y París ya tienen una guía así… ¿preparamos la de Madrid?”.




Enlace original: SINC.

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