sábado, 5 de julio de 2014

Henrietta Swan Leavit, una mujer para un nuevo cosmos

No hace tanto tiempo que el universo no era más que un lienzo plano sobre nuestras cabezas. Una pirotecnia de estrellas, de las que solo conocíamos la distancia de las más cercanas. Los cúmulos estelares y nebulosas solo eran suaves tintineos en el cielo nocturno, hasta que una mujer, Henrietta Swan Leavit (Massachusetts, 4 de julio de 1868 – 12 de diciembre de 1921) lo dotó de su inmensa profundidad.

A finales del siglo XIX, Edward Pickering –director del Observatorio Astronómico de Harvard– se propuso catalogar todas las estrellas del firmamento. Partiendo de instantáneas del cielo nocturno de sus telescopios, planteó calcular el brillo, el color y la posición de cada una de las estrellas. Debido a la baja calidad de las placas fotográficas, el trabajo se hacía pesado y para ello contrató a un grupo de dedicadas mujeres que hacían la labor por un salario mínimo. Conocidas coloquialmente como el harén de Pickering, entre ellas estaba Leavitt.

Allí, en el estudio de todas las placas fotográficas que analizaba, observó cierto patrón en el comportamiento de un tipo de estrellas variables, llamadas Cefeidas. Según sus datos, palpitaban con un ritmo regular y tenían una mayor luminosidad intrínseca cuanto más largo era su periodo. El efecto acabó constituyendo un instrumento fabuloso para medir distancias en el universo y fue utilizado poco después por Edwing Hubble para discernir la verdadera dimensión del cosmos, en unos años en los que todavía se debatía si la Vía Láctea era la única galaxia que observábamos en el firmamento.


Como dicen los autores de este singular proyecto sobre la vida de Leavitt, "su descubrimiento fue la llave maestra necesaria para revolucionar nuestra imagen del universo".



Enlace original: SINC.

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